Amo este oficio. Contar historias es uno de los ejercicios más nobles que existen en la Tierra. Requiere de un discurso. De cierta voluntad por compartir lo que te ha costado un tiempo comprender. De una valentía insensata que actúa de motor que produce palabras y sonidos. Y de un altavoz (ahora internet nos lo ha puesto más fácil) por donde expresarte. Por todo ello, no comprendo cómo se ha devaluado tanto la figura del “tertuliano”: en teoría, la herencia de una de las corrientes más honrosas de nuestro país. Las tertulias.

tertuliano

Aquellas tertulias son el reflejo de una inquietud latina por llevar a la plaza pública tus opiniones, para desespero de mesoneros, ya que cinco horas a café por persona, resulta una ocupación ruinosa del espacio a rentabilizar. En Italia, las tertulias de ‘café y puro’ se hacen en la calle; donde desconocidos se enzarzan en peleas dialécticas que intimidan por su vehemencia.

En España, el café se ha trasladado a la TV. A un plató. A una mesa que sirve de parapeto de sus vergüenzas -junto a lo políticamente correcto: verdadera trinchera de la mediocridad-. Honrosas excepciones las hay. Pero el asunto comienza a tomar una gravedad creciente.

En el argot televisivo ha nacido, gracias a algunas de estas especies, el término ‘totalero’. Se llama ‘total’ a la declaración que se publica íntegra en un informativo. De modo que el ‘totalero’ se ha convertido con el tiempo en aquél que presta su opinión para cualquier tema. Algunos ilustres ejemplos son Javier Nart o José Cabrera. Personas que son capaces de salir al ruedo, llueva, nieve o haga calor.

Pero esta especie tiene un duro competidor en el periodista-tertuliano. Un ser que vomita comentarios insulsos y vacíos; eso sí, en voz alta. Gritando, en un acto de intimidación oratoria que se queda en la pura forma. Esta variedad de periodista suele dejar entrever su idiología como valor de marca propia.

NOTA PARA EL BLOG BUENO: Prueben hacer el siguiente experimento. 1) Graben un programa/tertulia, 2) Retomen su visualización con un mando a distancia en la mano, 3) Denle al “pause” antes de que un tertuliano comience a hablar, 4) Intenten adivinar su posicionamiento ante el tema.

El resultado de esta prueba -y pongo la mano en el fuego- es que hasta un niño de primaria puede prever el resultado. No hay nada más descorazonador que ver un supermercado con dos marcas. Sería la ruina del sistema. El inicio del alboroto. Sin embargo, en esto de la opinión sólo existen dos botones, dos opciones, cualquiera que sea el tema a debatir.

Que se habla sobre el aborto. Dos botones: nadie se plantea que existen supuestos (infinitos) a discutir. Que se habla del Plan E. Dos botones. nadie se plante si, pese a que la inversión pública es indispensable, habría que ver la letra pequeña; el detalle que nos dice si se gasta bien (con intención productiva) o se hace a lo loco. No, la cuestión es dejar al espectador con el discurso general. Esa puerta falsa por donde los datos se cuelan desapercibidos.

O quizás estemos equivocados. Es posible que esta gente sean superordenadores con patas que tienen una capacidad verdadera para fijar postura sobre todo (aunque el hecho de que siempre coincida con el PP o el PSOE es como para sospechar…). Oráculos de la verdad absoluta que no darán su brazo a torcer por nada del mundo. Aunque el mundo se les venga encima. Aunque la obviedad les arrastre.

Eso es. “Mamá, quiero ser teruliano”. Cuando sea mayor, me pondré la camisa de los domingos. Y me presentaré en un plató de TV. “¿De qué hay que opinar hoy?”. Del Alakrana. “Ok, estoy a favor”. ¿A favor de qué? Del Alakrana, por supuesto…

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