Estimado José Luis Rodríguez Zapatero,

Permítame que haga uso de esta versión epistolar -tan arcaica y fuera de onda – para dirigirme a usted. El motivo de tan sinpar atrevimiento no es otro que hacerle llegar unas cuantas observaciones que tuve a bien anotar, en el transcurso del último cónclave de partido socialista, que celebraron el pasado fin de semana en Madrid.

Como es bien sabido en el barrio donde vivo, no soy persona dada a repartir consejos. Ni mucho menos a devolver a la tierra a las personas que han perdido contacto con ella, cual es, obviamente, su caso. Pero en esta ocasión me ha podido la honra torera y el empuje de la gran mayoría de los amiguetes que nos reunimos en el bar Solete. Excepto Mínguez, que sabe mucho de economía, y dice que “de la crisis no se sale quejándose. Sino haciendo reformas estructurales que apuesten por la innovación y la competitividad”. Y se pide otra caña…

Pero no quiero alejarle del tema. Tampoco quiero hacer perder el tiempo a ese simpático becario que está leyendo, siempre en su nombre, esta carta por 600 euros al mes (aunque trabajar en La Moncloa, ‘mola’…). Muy al contrario, me gustaría centrar su atención en ese valor -el tiempo- cuya medida han demostrado perder: lo del domingo, señor Zapatero, no es que sea algo moderno. No. Moderno sería que unos Lunnys customizados de ministros dieran los discursos por ustedes. Ultramoderno sería que esos mismos Lunnys dieran, desde entonces, las ruedas de prensas posteriores al Consejo de Ministros. Pero no. Lo del domingo se ha ido tres siglos en cada una de las infinitas líneas temporales que componen la realidad (Física Cuántica dixit). Y debe de haber un huevo…

Cuando uno atiende a un espectáculo tan simpático como el del otro día no puede sino acordarse de la gente que tiene el oficio de rodearle. Entiendo que el asesoramiento es necesario. Pero entiendo también que es de justicia señalarle algunos de los pasos donde la cosa pudo haberse ido de madre definitivamente. Lo hago por usted, señor presidente…

1) El que diseña formatos de mítines. Una profesión, de por sí, sospechosa. E impracticable en el noble oficio del diseño de las tarjetas de visita. Son de apariencia frágil pero lo suficientemente sofisticada como para transmitir respeto. El miedo a ‘pasar por un paleto’ es su principal recurso. Son mentes castigadas por el paso de las drogas, capaces de convertir la ofrenda de flores a la Virgen del Pilar en una ‘rave católica’ con gregorianos. Y, lo más complicado, proponerlo en power point.

Parecen ser los principales responsables del ridículo. Pero olvídelo. Nunca los pillará en un renuncio. Antes argumentarían “un evidente contagio de mal gusto en este país” que haberse equivocado. Suelen requerir del apoyo de un argentino. O serlo directamente; lo cual dificulta mucho las cosas, porque hay argentinos que son realmente  buenos.

Si los vuelve a ver, desconfíe. Abróchese la americana como sólo usted sabe hacer y vuelva a retocarse el puño de la camisa. Eso le relajará..

2) El que tiene buena opinión del tema. Ser especialmente peligroso cuando viste de Ralph Laurent y combina los trajes con camisetas de algodón. Es una persona de confianza y sobrino del secretario general de organizaciones de base del partido. Su autoconfianza puede llegar a aturdirle. Lo comprendería. Esta gente engañaría a un frutero en el Mercadona.

Se reconocen con cierta facilidad: son los que sonríen maliciosamente cuando no entiendes que digan “dead line” para decir  “cierre” o “plazo”. Nunca piden consomé ni comen de menú. Y saben lo que es la piedra pómez. No porque salía en el cuaderno de Naturales de 5º, sino porque estos cabrones saben utilizarla.

Siempre dirán que “sí” cuando se juntan con la especie 1)

3) El que  aprueba el presupuesto. A este mejor no le presente a su mujer. Es más, si puede, despídalo ya. Y contrate a otro exactamente igual que él. Desgraciadamente, el resto no se va a prestar a todo…

4) El que se presta a hacerlo. A diferencia de su gran actuación, señor presidente, he de hacerle observar que no todo el mundo dispone de su enorme repertorio de gestos. Existen personas, carentes de talento y visión de futuro, cuyo lenguaje no verbal es como un espejo. Se hacen transparentes y se ve lo que piensan. Le sugiero revisar la pasarela que se marcó la Espinosa (Mtra. Agricultura). Y esos pantalones ajustados a las axilas con que nos regaló a todos la autoestima.

Tardaremos años en recuperarnos de la capacidad de improvisación de los asistentes y presentadores. Uno de los cuales cerró una de esas frases espontáneas que se fueron lanzando (tipo: “lo peor de la crisis bla, bla, bla…”) con un “Olé, olé y olé”. ¡Y era latinoamericano! (no por nada, sino porque sorprende su capacidad de empatía y llegada con el público)

En fin, señor presidente, eso es todo. Me vuelvo al bar Solete. Que mañana queremos escribirle al Rajoy.

PD: Estimada Carmen Ruiz, “socia nº3 del Oléstyle”. Mensaje recibido. Procedo a entregarle el material. Un beso a la famila!

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