Acabo de leer el editorial que ha escrito en su diario el señor Cebrián: el académico, el presidente de un grupo editorial muy poderoso en este país, el compañero, el periodista… Escribe sobre la sentencia que ha dictado el juez de lo Penal de Madrid Ricardo Rodríguez contra dos de sus periodistas, Daniel Anido y Rodolfo Irago.

Me agrada leer artículos como el de Cebrián. Son un fresco aire de recuperación del honor de la profesión del que les escribe. No sé, me siento ‘como’ defendido. Este tipo, cuando se pone a defender la profesión no hay quien lo pare. Eso mola.

Lo que no mola tanto es la propia sentencia porque asegura que las informaciones a través de internet no merecen la protección prevista en el artículo 20 de nuestra Constitución, pues no se trata de un medio de comunicación social sino universal.

Me sorprende que el Gran Cebrián no repare más en la novedad que esta sentencia introduce. Y se detenga tanto en el transfondo político del tema. Bueno, en realidad no me sorprende. Quiera o no, Cebrián pertenece a una generación (la que manda ahora) que vería conspiraciones aguirristas o rubalcabianas en la muerte de su propio hámster…

Ahora bien, la sentencia es un bombazo en el universo conceptual que es para todos nosotros internet. Porque señala una paradoja que publicistas y creadores de portales llevan intentando analizar desde hace años: ¿cómo sacar rentabilidad a una red de comunicaciones que no siempre actúa como un medio de consumo?. Es decir, un universo donde el que participa no siempre consume; algo bien distinto a lo que la radio, la prensa o la tv nos tiene acostumbrados.

Para simplificar esta maraña filosófica, se acude al símil de internet con un teléfono. Porque la red actúa como teléfono y como periódico. Como televisión y como patio de recreo… Algunos publicistas intentaron aprovechar las llamadas telefónicas entre particulares, insertando anuncios a cambio de más llamadas gratis. El genial invento, obviamente, fracasó. Porque no hay en una conversación una intención de consumo. Sino de comunicación. Limpia y sin interfencias.

Aquí sucede lo mismo. El juez ha interpretado que, cuando un periodista publica en internet, lo hace en la plataforma comunicativa y no en un medio de comunicación. Se desprotege así al perriodista, al medio y a la libetad de información.

La sentencia demuestra una miopía insultante que, desgraciadamente, es pan de cada día. Internet es un univrso paralelo. Cuanto antes lo asimilemos, mejor podremos adaptar nuestras empresas, nuestros proyectos a la realidad que es esta gran ficción. El juez demuestra vislumbrar parte de este contexto. Nos aclara que la red es un escaparate donde no solo hay medios y empresas, sino calles, farolas, semáforos, cabinas telefónicas… Pero, incomprensiblemente, no repara en la propia naturaleza de su argumento: también hay periódicos, redacciones, periodistas.. Que deben estar igualmente protegidos al otro lado de la banda ancha.

Asimismo, el señor Cebrián introduce otra paradoja, propia del que defiende los valores que únicamente asisten a sus intereses. Si internet es una calle, una farola, una tienda… Si también es un medio de comunicación. Si suceden ambas cosas, también es un lugar donde poder obtener información de manera libre. Como quien toma notas de lo que sucede en una calle. Tandrá que haber una forma para que los medios puedan cubrir y atender la nueva realidad, donde cada vez coincidimos más y más gente. ¿O es que no es real la curiosidad que mueve su ratón?

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