Tengo un amigo que lleva siempre consigo la grada Norte de un estadio de fútbol imaginario. Da igual donde esté. Llena de fieles seguidores que, curiosamente, visten exactamente igual que él. Hoy han decidido ponerse camisa de rayas y pantalón de pinza oscuro. Son cientos. Y se acercan hacia el punto en el que estamos. Correría, pero es de cobardes…

Al llegar, mi amigo nos da la mano. El resto de la tropa levanta la mandíbula y saluda con la izquierda. Alguien da la orden de “descansen!” y el gentío se disgrega un poco. Mi amigo aprovecha el momento para dirigirse a nosotros:

– ¿Qué? ¿Qué tal va esa vida?

Mi vida y la del resto de seres vivos del planeta le importan tres cuartos de nada a mi amigo que, de ahora en adelante, pasaré a denominar el primer hombre de la grada Norte.

– Todo bien, por suerte…- miento. Pero conscientemente, nada de ambigüedades – Oye, qué bueno tiene que ser eso de llevar siempre un coro que te dé la razón a todas horas, ¿no?- le digo apagando la voz hasta la impercepción.

Mi comentario no ha sido del todo oportuno, es cierto. Sufro de delirios de grandeza que se manifiestan en forma de brabuconería. Son pasajeros, pero se pagan caros. En una escala básica de oportunidad, estaría sólo tres puntos por debajo de “desubicado del todo”. Sé que no es un buen resultado. Pero me da cierta moral ante la que se me avecina. Mis palabras han sonado como una ocasión de gol. Y se ha formado la primera avalancha

Una masa de camisas a rayas y pantalones de pinza oscuros mantienen a duras penas el impulso de cruzarme la cara. Suerte que el primer hombre de la grada Norte los está calmando. Los brazos extendidos en cruz son aviso suficiente para detener el alboroto.

– … Quiero decir, que debe de molar que nunca te contradigan, ¿no?

Demasiado tarde. El primer hombre de la Grada Norte se acerca silencioso hacia mi. Ahora que lo veo de cerca, no tiene tan buena pinta como parece desde lejos. La cara llena de sarpullidos. Las mandíbulas marcadas de puro desgaste. Y unas ojeras oscuras y con pequeños bultitos, que parecen pompas. En la proximidad, todo en él es rancio y huele a ropa sin sacar de la lavadora.

El primer hombre de la grada Norte susurra incomprensible algo que ninguno de mis acompañantes llega a escuchar. Da la impresión de que no quiere que le oigan. Nos arrimamos un poco; lo imprescindible como para entender las primeras palabras.

– La grada – nos aclara- solo aplaude cuando meto goles. Llevo 20 años de mi vida marcando todos y cada uno de los partidos que jugamos. Y juego todos los días. Yo decido todo. Desde la ropa que nos ponemos por la mañana, hasta el hotel donde descansaremos…-

Algo pasa. El primer hombre de la grada Norte intenta cubrirse el rostro con la espalda. Tampoco quiere que le vean. Quizás sus ojos ya son lo suficientemente chivatos como para cantar que está a punto de saltar.

– Es una carga imposible. Ya no puedo con ella. Siempre quieren más y más. Y yo tengo que dárselo porque para eso está uno aquí. – Por Dios, que alguien le dé una tila a este pobre hombre, pienso. Y me quedo con la cara de uno de los hooligans de la Grada Norte que me amenaza con una bombilla de tugsteno.

– Creo que hoy no marcaré…- dice. Y se tapa la cara con las manos…

Comienzo a correr con todas mis fuerzas. Me siguen mis compañeros por inercia. En realidad, supongo que querrían matarme pero hay cosas más urgentes de las que ocuparse… Tras ellos, a pocos metros, una turda de hooligans invade el terreno de juego (la calle, en este caso) y jura aplastarme los sesos contra lo primero que encuentren. Lo hacen al unísono, que acojona más.

Mientras corro me hago la misma pregunta una y otra vez. No llego a entender por qué el primer hombre de la grada Norte no fallaba de vez en cuando para comprobar lo que le sucedería. Mi carrera, a estas alturas, ya es un trote ligero. Y la turda no tarda en alcanzarme.

Creo que con el primer golpe que recibo queda contestada mi pregunta… ¡Taxi!!!

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