Es sábado por la mañana. Ayer no salí mucho. Y hoy no tengo intención de hacerlo. Hace frío y amenaza tormenta: una combinación perfecta para pensar en tonterías. Por supuesto, no voy a perder la oportunidad de hacerlo…

En estas que llama una amiga y me habla de lo de Haití. Por lo visto, el país más pobre de Latinoamérica se ha replegado sobre sí mismo.Pero a mi amiga no le asalta otro desvelo que buscar un culpable a todo esto. Me habla de un programa secreto de EE.UU,, coordinado por la CIA y el FBI para controlar el clima y los fenómenos naturales. Como los tsunamis, los terremotos y esas cosas… Yo aún no me he despertado del todo, de modo que asiento sin detenerme mucho en la conversación. Al fin y al cabo, hoy era MI DÍA para pensar en tonterías. Pero tal tarea me ha sido usurpada sin previo aviso.

Según las fuentes que maneja mi amiga, EE.UU. podría estar detrás de absolutamente todo lo que se menea en el planeta Tierra. “Asombroso”, respondo. “Pues no te lo vas a creer – continúa, consciente de lo que realmente pienso– pero con sus satélites, los yankies pueden ver hasta las personas que se han quedado atrapadas en el terremoto”. Inexplicablemente, mi mente viaja mientras tanto al barrio de Lavapiés en Madrid. Allí viví 4 años y conservo un buen catálogo de recuerdos entrometidos que se presentan, como ahora, sin pedir cita.

Estoy en un centro para inmigrantes donde intenté, sin mucho éxito, sacar un periódico del barrio hecho por ellos. Hay chinos, latinos, magrebíes, africanos del sur… En el recuerdo todos se desenfocan menos el chino: Chan, un chaval de 14 años con muchos problemas de adaptación y una imperiosa necesidad de sexo. Tiene grandes destrezas, como el cálculo matemático, pero desgraciadamente para él, no están dentro de las que los chavales suelen valorar a esa edad.

El día de mi recuerdo, Chan y yo hablamos en el patio del centro, una de las plazas de puro hormigón que hay entre Embajadores y Mesón de Paredes. Me dice que los españoles son muy bien vistos en China. Yo, lógicamente desconfío un poco del comentario. Suena a peloteo. Y el hecho de que Chan siempre ande colgado, buscando alguien al que darle la chapa, no ayuda mucho… Pero el tío iba en serio. Le digo que seguro que admiran nuestra capacidad de convertir en festivo cualquier labororable, la siesta, las sevillanas y la paella mixta.

Nada de eso. Chan comienza a hablarme del Imperio Español. Por lo visto, en China se admira mucho a los países que han sido emprendedores y se han echado el mundo por montera. Yo pienso en los franceses, ingleses o holandeses, que siguen estando presentes allí donde hay una oportunidad de meter un tubo y sacar petróleo. E inevitablemente, me asalta el recuerdo de los yankies…

Vuelvo a la conversación. Mi amiga habla ahora de una extraña combinación de polímeros letales que son fumigados desde el aire con aviones invisibles. “Putos yankies….”

(continuará)

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