En el capítulo anterior : Vuelvo a la conversación. Mi amiga habla ahora de una extraña combinación de polímeros letales que son fumigados desde el aire con aviones invisibles. Su discurso está cargado de tópicos cinematográficos que, paradójicamente, dan al conjunto una inquietante sensación de verosimilitud. La sola idea de imaginarse el experimento acojona. Y ahí es donde reside la grandeza de esta gente.

Siento decepcionar al personal pero mi fascinación por los yankies es creciente. También lo es mi decepción. Pero la reservo para más adelante. Cuando escucho discursos como el de ‘los polímeros asesinos’ no puedo sino descubrirme ante quien ha sido capaz de inmiscuirse, de forma organizada y masiva, en el inconsciente colectivo de todos los habitantes del planeta. El mismo que alimenta y desarrolla el discurso en cuestión.

Leo ‘Joyas de Familia’ de Eric Frattini. Y pese a que es una infame tirada de datos (casi siempre por duplicado o triplicado, lo que hace más difícil cualquier tipo de entretenimiento) permite confirmar una  teoría: que el hombre, patán por naturaleza, no puede alcanzar los estadios de perfección, inteligencia, suspicacia, ominipresencia… que afirman las teorías conspiracionistas. La historia de la CIA que describe Frattini está plagada de cagadas descomunales. De presupuestos millonarios, derrochados en experimentos lisérgicos que pretendían acelerar los interrogatorios. O de muertes inútiles que no consiguieron derrocar presidente alguno. Lo de Cuba, por ejemplo, es la muestra más clara de su fenomenal incompetencia.

Sin embargo, el sello de su omnipotencia no se desgasta. La Gripe A, el cambio climático, los fenómenos naturales, los recursos naturales… Da igual. Cualquier polémica sirve para incluir la leyenda. Estos tíos son unos monstruos. Vale que han utilizado el monopolio que –como buenos dueños del invento– han conseguido crear entorno al cine, los medios de comunicación y las armas. De acuerdo. Pero no deja de ser menos cierto que son herramientas del nuevo modelo de liderazgo que este imperio ha sabido crear para intentar perpetuarse (motivo fundacional de cualquier imperio que se preste).

Los yankies viven convencidos de que participan en la construcción de ese liderazgo que no hiverna. Por eso tienen una relación tan abierta con el talento. Si se está preguntando si lo de aquí es normal, la respuesta es no. Esta gente ha sabido crear un sistema diferente que, realmente, premia las capacidades por encima del “buen rollo” con el que manda. No porque quieran ser más ‘buena gente’ que nosotros, si no porque les va en ello la sostenibilidad de su modelo.

Pero eso también tiene una proyección surrealista sobre su población. No importa quién sea, qué haga o a qué se dedique; cualquier yankie se creerá, automáticamente, superior a usted. Con ello, pretenden que nos creamos que la aportación a ese liderazgo de un científico –polaco de novena generación, residente en Dix Hills y director de un imporante proyecto científico de interrogatorios virtuales– es comparable al de un repartidor de FedEx que no ha salido nunca de Long Island, no terminó el college e invierte todo su tiempo y dinero en tunear el Mustang. Increíble…

Claro que debe ser algo de fácil contagio; porque es lo mismo que observo con los españoles en Marruecos, los franceses en España o los argentinos en cualquier parte del planeta; aunque es cierto que, en esta ocasión, por motivos diametralmente opuestos.

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