Es posible que hayan leído el artículo escrito por Jacobo G. García publicado en El Mundo. Con el título “¿Periodistas o niños de papá?”, en el que, a su vez, se incluye un artículo del genial (a veces) Arturo Pérez-Reverte. Son las doce de la noche del viernes 22 de enero. Y ha generado 816 comentarios en menos de 12 horas. Ni qué decir tiene que es la noticia más leída del día. ¿Por qué?

Me gusta internet porque está introduciendo nuevas dinámicas sociales y pautas de comportamiento individual, que son difíciles de traducir. Es complicado para los propios periodistas. Pero también para sus jefes, los publicistas, las marcas, los creadores, incluso para los bohemios de cibercafé, por mucha gafa de pasta negra que gasten.

Para responder esta pregunta –más propia del ‘blog bueno’ que de este– invito a todos a fijarnos en las novedades que introduce. Como diría Jack el Destripador, “vayamos por partes”:

1) Habla de lo que pasa detrás de la cámara

2) Identifica que esto que sucede tras los focos es noticia. Visto el resultado, lo hace con bastante éxito.

3) Desmonta una verdad aceptada. Ataca el “oficialismo” con que actúan los medios de comunicación

4) Transmite, gracias a todo lo anterior, una credibilidad que se apoya en la novedad del formato con que se presenta la información.

5) Desmitifica un oficio, el mío, el de periodista, que es éso: un ofico. Con sus habilidades, sus rutinas, sus cautelas… Y le despoja de ese escudo mágico en el que siempre se ha parapetado la información.

De modo que, si todo esto es nuevo, atrae la curiosidad del lector y precipita su participación. ¿Qué es lo que estamos habituados a consumir? Cuando leo artículos como éste me hago la misma pregunta que cuando vuelvo a Zaragoza y mi madre me prepara una ensalada de tomate. “Ah, ¿que los tomates son así?…”.

Pues sí señor. Esta es la realidad del oficio. Para que un reportero haga una conexión en directo vía satélite desde Haití, tiene que estar respaldado por, al menos, una tropa de cinco personas: cámara y ayudante, productor, operarios de la unidad móvil o sistema de transmisión y el propio reportero, que le ha dado tiempo justo para darse una vuelta por la zona: el hotel, la cafetería y alrededores…

Es decir, de pronto, usted que ahora es un haitiano, o un bosnio o un somalí, se encuentra con que, en mitad de la miseria, le han colocado un pequeño set de televisión. La cosa se complica cuando al reportero de turno se le ocurre que “lo suyo” es poner la cámara delante de “todos estos cadáveres y que se vea la gente con mascarillas. Para ubicar la noticia…”.

Bien, es en ese momento –como relata MAGISTRALMENTE Pérez-Reverte “empotrado” en el artículo de Jacobo G. García (dicen que es su sobrino, pero no he podido confirmarlo..)– la cara del autóctono se vuelve fluorescente del ridículo espantoso que debe ser ver a la estrella de turno preocupadísima de la muerte por que no se le corra el rimmel.

Pero es lo que demandamos los lectores, al dar credibilidad a unos formatos sobre otros. Afortunadamente, el éxito de esta noticia viene a confirmar que el personal no es tonto. Que le gusta que le sirvan otros medios de alcanzar la credibilidad; no sólo el estético. Y que existen periodistas capaces de proponer y saltarse las reglas básicas que les imponen (y ellos asimilan como propias) los dueños de las corporaciones que son los medios de comunicación. Seres de más de 55 años que siguen empeñados en negar el derecho a la curiosidad. O, dicho de otra forma, seres que, de ser los capitanes del Titanic, antes denunciarían la existencia de icebergs que intentar esquivarlo.

Es lo que está sucediendo con los medios. Todos critican la falta de respeto a la autoría de sus publicaciones; sin darse cuenta que han dejado de ofrecer información servida de forma interesante (porque la información está ahí para todos). De hecho, el artículo de Reverte que se incluye en la noticia de referencia es un “corta-pega” de otra publicación. Pero ¿no es más relevante, si cabe, que ofrecido de forma aislada?

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